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Página 1 de 3 ¿GLOBALIZACIÓN = PÉRDIDA DE IDENTIDAD? (segunda parte) Arquitecto José G. Pérez Hermosillo En la segunda mitad del siglo XX, la expresión arquitectónica en México se caracterizó por una marcada influencia de la llamada “globalización arquitectónica”, como la arquitectura internacional.
En consecuencia, fue perdiendo ese nacionalismo que identificó las obras realizadas por arquitectos prominentes como: José Villagrán, Luis Barragán, Obregón Santacilia, O’Gorman y Mario Pani, entre otros, por citar algunos de los más representativos de la arquitectura nacional de mediados del siglo XX; artífices que abrevaban de los acontecimientos que marcaron y dejaron huella en todas las aristas de la vida nacional, como lo fue la Revolución mexicana, suceso del que los arquitectos y artistas mexicanos dejaron plasmada esa huella de identidad nacional. En las últimas décadas del segundo milenio surgieron arquitectos inquietos por dejar evidencia de nuestras raíces, tras la búsqueda de una arquitectura propia; una arquitectura que reciclara a otras arquitecturas también nuestras… de otros tiempos. Pero con una expresión actual, con tecnología y materiales nuevos, sin la necesidad o el deseo de negar lo nuestro, con elementos de expresión tradicionalmente propios.
Al lado de las corrientes internacionales ha surgido en México un cierto retorno a las apariencias estilísticas del pasado —al igual que Luis Barragán con sus enseñanzas y ese bagaje arquitectónico, heredado a las nuevas generaciones de arquitectos destacados—, que sin perder su sentido de identidad, compiten a nivel internacional. En esas décadas, el uso de estructuras de concreto reforzado y de acero fue prácticamente la base del desarrollo de toda suerte de edificaciones. A partir de esa búsqueda y con los avances tecnológicos y materiales prefabricados, en 1957 se construyó el núcleo de oficinas para la empresa Bacardí, en Cuautitlán (Estado de México), obra del arquitecto Ludwig Mies van der Rohe, que tanto ha influido en la arquitectura mexicana contemporánea; ahí mismo, Félix Candela proyectó el edificio de embotellado. Ya en la década de los sesenta podemos citar obras destacadas, como la sede del Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (Francisco Artigas, 1966), el hotel Camino Real (Ricardo Legorreta, 1968), el nuevo edificio de la Lotería Nacional (Ramón Torres, 1970), Seguros La Latinoamericana e IBM de México (Augusto H. Álvarez). A lo largo de su carrera, Ricardo Legorreta ha recibido críticas, que denotan la referencia de arquitectura de Barragán, minimizando la importante aportación que sus obras han dado al panorama de la arquitectura mexicana. El hotel Camino Real de la ciudad de México, conceptualizado como un hotel-museo por el arquitecto Ricardo Legorreta, combina perfiles arquitectónicos actuales, con reminiscencias prehispánicas y patios coloniales. Su diseño evoca, al mismo tiempo, los símbolos del México prehispánico y la pureza de espacios de la arquitectura mexicana moderna, interpretada adecuadamente. En ocasión de los Juegos de la XIX Olimpiada (1968) se impulsó la arquitectura deportiva con varias realizaciones notables: El Palacio de los Deportes (Candela, Enrique Castañeda Tamborrell y Antonio Peyrí) y la Villa Olímpica (Ramón Torres y Héctor Velázquez). A finales de los años sesenta y ya en la década de los setenta, se edificaron hoteles en gran escala en ciudades turísticas como Acapulco, Guadalajara, Puerto Vallarta, Cancún y Baja California. Los grandes centros comerciales originaron un nuevo género; Juan Sordo Madaleno diseñó Plaza Universidad (1969) y Plaza Satélite (1973).
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